miércoles, 9 de noviembre de 2011

Salvar al euro es la meta equivocada

09-11-11 00:00

Gideon Rachman
http://www.cronista.com/financialtimes/

A medida que el barco europeo se aproxima a las rocas, los oficiales a cargo son tirados por la borda. El primer ministro de Grecia Giorgios Papandreu será reemplazado por el Luca Papademos, y esta semana el premier italiano Silvio Berlusconi podría verse obligado a dimitir. Pero aunque los políticos van y vienen, los líderes del continente insisten en que una cosa permanecerá eternamente: el euro. Ninguna cumbre está completa sin la declaración ritual de que Europa hará "lo que sea necesario" para preservar la moneda única. Pero estas repetidas promesas de salvar al euro dejan entrever una confusión peligrosa.

El euro no es un fin en sí mismo. La moneda única es sólo un instrumento que tiene como objetivo promover la prosperidad económica y la armonía política en toda Europa. Ya que se acumulan las evidencias de que está haciendo precisamente lo contrario, es hora de empezar a pensar, no en salvarlo sino en eliminarlo o, al menos, en permitir que los miembros más débiles lo abandonen.

Por razones de orgullo, temor, ideología y supervivencia personal, es extremadamente difícil para los dirigentes europeos aceptar que el euro es, en gran medida, parte del problema. En cambio, buscan otras explicaciones para la crisis económica: los países no han adherido a las normas; han mentido; Europa necesita nuevas estructuras políticas; la bazuca no es lo suficientemente grande; los mercados son irracionales; la gente se rebela.

Hay elementos de verdad en todas estas explicaciones, pero no llegan a la raíz del problema. Después de aproximadamente una década estamos descubriendo que un área de moneda única que vincula a países diferentes, que tienen diferentes niveles de desarrollo económico -y culturas políticas muy distintas- es inherentemente defectuosa.

El euro ayudó a crear y mantener la crisis en Europa. Primero hizo que las tasas de interés se desplomaran en el sur del continente, alentando a países como Italia y Grecia a seguir endeudándose. Ahora, la moneda única hace imposibles las opciones que Italia y otros países tradicionalmente han usado para lidiar con los altos niveles de deuda: inflación y devaluación de la moneda.

Estas políticas tenían su costo, pero brindaban una alternativa a la "devaluación interna" (como se denomina a los recortes salariales y el desempleo masivo) que actualmente se le pide a Italia, Grecia y gran parte del sur de Europa.

La crisis financiera global dejó en evidencia las debilidades del euro. Cuando en 2009 se supo por primera vez que Grecia estaba en serias dificultades, la Unión Europea se fijó dos tareas. La primera fue resolver la crisis griega; la segunda fue convencer a los mercados de que Grecia era un caso aislado, que no tenía parecido con el resto de la eurozona, y ha fallado ampliamente en ambas.

En Grecia, al caos económico le ha seguido el caos político. Mientras tanto, en Italia el costo del endeudamiento sigue subiendo de una manera tal que pronto las finanzas del país serán insostenibles. Si Italia, que es la séptima economía más grande del mundo, solicita recibir ayuda del fondo de rescate de la UE -o incluso del Fondo Monetario Internacional- es posible que simplemente no haya dinero suficiente para cubrir sus necesidades. Sería como subir un elefante a una balsa salvavidas.

Los mercados han detectado que, digan lo que digan los líderes de la UE, aunque Grecia es un caso extremo, no es único. Italia tiene muchas de las características que hacen que Grecia sea disfuncional: evasión impositiva generalizada, enorme deuda gubernamental, un sistema político que gira en torno al patronazgo y una poco saludable dependencia de la UE. Es cierto que la industria italiana tiene una potencia con la que la griega no puede ni remotamente compararse. Pero al lado de Silvio Berlusconi, el tambaleante primer ministro de Italia, George Papandreou, el saliente primer ministro griego, parece Lincoln.

Y Grecia e Italia no son los únicos problemas. Irlanda y Portugal ya han aceptado rescates, y podrían volver a desestabilizarse con esta última crisis. La vulnerabilidad de España es clara y Francia, que no ha tenido equilibrado su presupuesto desde la década de los 70, se preocupa por su calificación AAA.

Frente a estos problemas, el grupo de los que hablan de hacer "lo que sea necesario para salvar al euro" defienden soluciones que resultan cada vez menos creíbles. Según ellos, si todo sigue de acuerdo a los planes -después del alivio de la deuda y de más medidas de austeridad- la deuda de Grecia habrá quedado reducida a apenas 120% del Producto Interno Bruto para el fin de la década. Y ese es el escenario optimista.

Mientras tanto, pese a la clara evidencia de que la deuda soberana en Europa es riesgosa, de alguna manera Italia lograría convencer a los mercados de que vuelvan a prestarle a una tasa de 2%, en vez de aplicarle una de 6% o más. Además, el Banco Central Europeo compraría cantidades ilimitadas de bonos basura italianos por el tiempo que sea necesario. Nada de esto suena convincente.

Desde el punto de vista político, se dice que la solución de largo plazo para las dificultades del euro es lograr una unión fiscal, una auténtica federación política. Pero esa es una solución cuya implementación demandará décadas, y esta es una crisis que aumenta en escala cada semana. De todos modos, el objetivo final es improbable dada la falta de solidaridad paneuropea que quedó revelada por la situación actual.

Es cierto que disolver el acuerdo del euro sería endiabladamente difícil y peligroso. La fuga de capitales y los defaults en los países que abandonen el euro podrían causar el colapso de los bancos. Y esto sería seguido por el caos económico y político, por lo menos por un tiempo.

Un nuevo gobierno italiano con un programa económico creíble podría ofrecerle a Europa cierto margen de tiempo, pero dadas las fallas de diseño del euro, es probable que el respiro sea breve.

Algunos sostienen que la desintegración de la moneda única implicará la destrucción de la propia Unión Europea. Sin embargo, se corre el riesgo de que semejante alarmismo se convierta en una profecía autocumplida. Logros europeos clave como el mercado común, la posibilidad de cruzar libremente las fronteras y la cooperación en materia de política exterior precedieron a la moneda única y pueden sobrevivir a su desaparición. En lugar de insistir en que la ruptura del acuerdo del euro es impensable, los dirigentes europeos deberían empezar a hacer planes al respecto.

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